Automotriz y T-MEC: el momento de definir el futuro

Larry Rubin, presidente de la American Society of Mexico. 

La industria automotriz mexicana es uno de los pilares de nuestra economía: aporta entre el 3.5% y el 4% del PIB nacional y genera más de 742,000 empleos directos en plantas y cadenas de suministro, según cifras de INEGI (abril 2026). 

Estados Unidos sigue siendo el principal socio: absorbe más del 73% de las exportaciones mexicanas de vehículos, equivalentes a 59,000 millones de dólares, tan solo en el primer cuatrimestre de 2026. Sin embargo, las exportaciones hacia ese mercado cayeron 5.1%, presionadas en mayor medida por el arancel de 25% que se mantiene sobre los autos mexicanos.

A esta coyuntura se suma un dato preocupante: la reciente caída de casi 10% en los ingresos de julio. Estas cifras llegan en un momento crucial: justo cuando se discute la renegociación del T-MEC, un tratado que ha sido la columna vertebral de la integración económica de Norteamérica. No se trata solo de cifras económicas, sino de la necesidad de garantizar que el tratado siga siendo un motor de integración y competitividad para toda Norteamérica.

México se ha consolidado como un hub de manufactura y exportación hacia Norteamérica. Sin embargo, hoy las plantas enfrentan tres desafíos simultáneos: la desaceleración de la demanda internacional, la transición hacia vehículos eléctricos y la incertidumbre regulatoria. Estos factores han golpeado la competitividad de estados clave como Guanajuato, Puebla y Nuevo León, donde la industria automotriz sostiene comunidades enteras.

En este contexto, la revisión del T-MEC adquiere un peso decisivo. Las reglas de origen deben equilibrar la producción regional con la realidad de las cadenas de suministro. Los estándares laborales y ambientales requieren claridad para evitar convertirse en barreras. Y la revisión de los aranceles que Estados Unidos aplica a las exportaciones.

La industria mexicana ha avanzado en mejores condiciones de trabajo y en procesos más sostenibles, pero necesita que las reglas sean claras y aplicables. La certidumbre regulatoria es indispensable para atraer inversión en electromovilidad y nuevas tecnologías.

La caída automotriz es una advertencia clara: la economía de México no puede depender de inercias ni de ventajas de bajo costo. Pero también es una oportunidad. La cooperación bilateral con Estados Unidos puede ser el motor para modernizar la industria, atraer inversión en electromovilidad y garantizar que México siga siendo un socio confiable en la cadena de suministro global.

La renegociación no debe verse como amenaza, sino como oportunidad. México puede consolidarse como líder en la transición hacia los autos eléctricos, atraer inversión en innovación y reforzar su papel en la cadena de suministro global. Pero para lograrlo, el T-MEC debe ofrecer un marco estable, moderno y confiable.

Desde la American Society of Mexico creemos que este es el momento de enviar un mensaje contundente: México está listo para innovar, colaborar y fortalecer la integración económica con Estados Unidos. La caída en ingresos y la discusión sobre aranceles no deben marcar un retroceso, sino el inicio de una transformación hacia una industria más sostenible y competitiva.

La industria automotriz es el corazón de nuestra relación bilateral, y su futuro depende de que el T-MEC se convierta en un instrumento de transformación, no de freno.